
El macollaje es una etapa de alta plasticidad fisiológica. Cuando el nitrógeno está disponible desde el inicio, el cultivo puede sostener crecimiento, área foliar y macollos fértiles, tres factores decisivos para construir rendimiento desde temprano.
En trigo, la eficiencia de uso del nitrógeno no se define solamente por la dosis aplicada. Se define, sobre todo, por la capacidad de sincronizar la oferta del nutriente con los momentos en que el cultivo tiene mayor plasticidad para transformar esa disponibilidad en estructuras productivas. En los sistemas trigueros argentinos, donde el rendimiento depende de decisiones tempranas, ambiente, genética, agua útil y nutrición, el macollaje adquiere un valor estratégico: es el momento en que el cultivo todavía conserva margen para construir buena parte de su potencial.
En términos fisiológicos, el cultivo no solo está produciendo más hojas o aumentando cobertura: está definiendo cuántos tallos secundarios podrán sobrevivir, transformarse en macollos fértiles y, finalmente, aportar espigas por metro cuadrado. Este componente es una de las bases del número de granos por superficie, que suele ser el principal determinante del rendimiento final. Por eso, la disponibilidad de nitrógeno en esta fase no debe leerse como un simple refuerzo nutricional, sino como una intervención sobre la arquitectura productiva del cultivo.
Macollaje: el momento en que el cultivo construye su potencial
El nitrógeno disponible impacta primero sobre la tasa de crecimiento del canopeo. Una planta bien abastecida sostiene mayor síntesis de clorofila, mayor actividad fotosintética y mejor expansión foliar. Esto permite aumentar el índice de área foliar, interceptar más radiación y producir más biomasa en una etapa donde el cultivo está formando la estructura que sostendrá la demanda reproductiva posterior.
Cuando el nitrógeno es limitante, la planta reduce la expansión de hojas, acelera la senescencia de tejidos basales y entra en una lógica de ahorro, priorizando el tallo principal y resignando macollos. Esa pérdida temprana muchas veces no se recupera con aplicaciones tardías.
Por lo tanto, sin nitrógeno disponible, la planta puede captar menos carbono, construir menos tejido y sostener menos estructuras. En macollaje, esa restricción ocurre justo cuando el cultivo necesita convertir crecimiento vegetativo en potencial reproductivo.
La disponibilidad de nitrógeno también tiene un efecto hormonal y de señalización. Una adecuada oferta de nitratos favorece señales que estimulan el crecimiento de macollos y raíces nodales. En cambio, cuando el cultivo percibe baja disponibilidad, aumenta la competencia interna entre tallos. Los macollos más débiles pierden prioridad como destinos de fotoasimilados y terminan abortando. Este punto es central: no todos los macollos que se emiten llegan a ser espigas. La diferencia la hace, en gran medida, la nutrición disponible en el momento en que esos macollos están compitiendo por recursos.
EUN: convertir nitrógeno aplicado en espigas, biomasa y granos
Por eso el macollaje, especialmente al inicio, es una etapa de alta eficiencia agronómica para intervenir. El cultivo todavía tiene plasticidad para ajustar el número de macollos fértiles, pero ya cuenta con una superficie foliar suficiente para responder a estrategias complementarias. La fertilización de base con fósforo y nitrógeno sigue siendo indispensable para asegurar implantación, raíces y arranque, pero la refertilización en macollaje permite corregir desbalances, acompañar ambientes con buen potencial y evitar que el cultivo entre en déficit en una etapa crítica.

La fertilización foliar permite agregar una herramienta de precisión dentro de ese esquema. No reemplaza al diagnóstico ni a la fertilización de base, pero puede mejorar la sincronía entre oferta y demanda. En macollaje, el cultivo presenta actividad metabólica alta y hojas funcionales capaces de interceptar y absorber nutrientes.
Si la formulación es eficiente, estable y de alta calidad, el aporte foliar permite complementar el nitrógeno disponible sin depender exclusivamente del movimiento del nutriente en el suelo.
Las tecnologías nanoparticuladas aportan un diferencial en este enfoque. Al trabajar con partículas minerales de tamaño reducido, alta dispersión y elevada pureza, favorecen una aplicación más precisa, con mejor contacto sobre la superficie foliar y una disponibilidad más rápida para el cultivo. En fertilización foliar, la eficiencia no se mide solo por la concentración del nutriente, sino por la capacidad de la formulación para llegar, permanecer, ingresar y ser utilizada por la planta en el momento fisiológico correcto.
MIST N® de Kioshi Stone se posiciona dentro de esta lógica. Es un fertilizante foliar nitrogenado desarrollado con tecnología de nanopartículas de alta pureza, que aporta nitrógeno junto con calcio, magnesio y azufre. Esta combinación acompaña procesos vinculados a fotosíntesis, metabolismo nitrogenado, estabilidad de tejidos y actividad enzimática. Aplicado al inicio del macollaje, su rol técnico es complementar la nutrición nitrogenada cuando el cultivo está definiendo macollos, canopeo y potencial de espigas.
Impacto y resultados a campo
El ensayo realizado por la Facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora durante la campaña 2025 permite observar este concepto en resultados concretos. En trigo, sobre la variedad DM Alerce y bajo condiciones de campo en Lobos, provincia de Buenos Aires, el T1 sin fertilizar alcanzó 3.580 kg/ha. El T2, con 70 kg/ha de MAP a la siembra y 100 kg/ha de urea en Z2-Z3, logró 3.931 kg/ha. Pero el T3, que mantuvo la misma base de 70 kg/ha de MAP y 100 kg/ha de urea, incorporando además 2 litros/ha de MIST N, alcanzó 5.062 kg/ha.

La diferencia es agronómicamente relevante porque compara una estrategia foliar complementaria contra un planteo que ya tenía fertilización convencional. El tratamiento con MIST N superó en 1.482 kg/ha al testigo sin fertilizar y en 1.131 kg/ha al tratamiento con MAP más urea. Esto muestra que la eficiencia no depende únicamente de agregar más nitrógeno al sistema, sino de mejorar la oportunidad, la forma de entrega y la capacidad del cultivo para utilizarlo en una etapa de alta sensibilidad.
El mensaje central es que gran parte del rendimiento se condiciona desde el inicio del macollaje. Si el cultivo llega bien abastecido, tiene más posibilidades de sostener macollos fértiles, formar un canopeo eficiente y construir una base sólida para el número de granos. Si llega limitado, las aplicaciones posteriores pueden mejorar aspectos como verdor, llenado o proteína, pero difícilmente compensen por completo los macollos perdidos y la menor estructura reproductiva.